Alias Ratón, el terror de Bolívar, fue dado de baja por el Ejército en zona rural de Barranco de Loba
Fuente Semana.com // Foto El Original.co 

Blanco, espigado, de 40 años, con ínfulas de revolucionario, Bercelio Campuzano, alias Ratón, jefe de Los Ratones, tenía amenazado a varios municipios de ese departamento. Considerado como un nuevo grupo armado, aliado del ELN, tenía a la región en jaque por los asesinatos, desplazamientos y vacunas.
Tras meses de pisarle los talones, el Ejército dio de baja a Bercelio Campuzano, más conocido en el sur de Bolívar como alias Ratón. Natural de Barranco Lobas, blanco, espigado, de 40 años, con ínfulas de revolucionario, el jefe de la sanguinaria banda “Los Ratones” se escondía en Los Entables, una de sus dos guaridas favoritas. Y fue en ese caserío que vive de la explotación de oro, muy cercano al corregimiento Pueblito Mejía, donde lo encontraron.
Además de su pueblo natal, ejercía dominio sobre San Martín de Lobas, Tiquisio, Altos del Rosario, Norosí, Mina Santa Cruz, Río Viejo. “Ratón” también se hacía llamar “Camilo Salas” y pretendía que conocieran a su banda como los “Libertadores del Sur” en lugar de “Los Ratones”.
La periodista Salud Hernández-Mora había denunciado en un reportaje en SEMANA las actividades ilegales de esta banda. La periodista viajó por varios de estos municipios y recogió en este texto, publicado el 12 de diciembre del año pasado, lo que se vivía allí.
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Si pasea la vista por las calles polvorientas, las casas de tablones desvencijados, los caños secos surcados por mangueras, la aridez que asola los otrora paisajes exuberantes, nunca pensaría que se encuentra en unas de las tierras más ricas en oro de Bolívar. Ni que la diminuta vereda Buena Seña sea uno de los refugios favoritos del matón que domina un vasto territorio, que se extiende por, al menos, siete municipios.
Antes mandaba Mico. Y desde hace cuatro años reina Ratón. Los pobladores lo recibieron al inicio con los brazos abiertos, hastiados de los abusos de Mico y temerosos del arribo de las AGC (Autodefensas Gaitanistas de Colombia o Clan del Golfo). Con el tiempo se fueron desencantando, porque todos los criminales terminan pareciéndose. Ahora confían en que lo destrone el ELN, la guerrilla que le permitió a Ratón fortalecerse para frentear a las AGC cuando amenazaban con instalarse. Tanto ha crecido su poder que desde el 20 de noviembre pasó de ser considerada una simple banda de delincuentes a un GAO (grupo armado organizado), aliado del ELN y causante de homicidios, desplazamientos y graves daños al medioambiente, objetivo tan primordial de las Fuerzas Militares como los gaitanistas o la mencionada guerrilla.
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Y encima, ahora, está decidido a emplear minas antipersonal. Blanco, espigado, de 40 años, con ínfulas de revolucionario, Bercelio Campuzano, alias Ratón, jefe de los Ratones, nació en Barranco de Loba, uno de los municipios del sur de Bolívar donde sienten su sanguinario mando. San Martín de Loba, Tiquisio, Altos del Rosario, Norosí, Río Viejo, así como su pueblo natal, por citar algunos en donde ejerce influencia, vivían de la minería artesanal del oro hasta que aparecieron hace pocos años decenas de retroexcavadoras para explotarlo de manera descontrolada. Arrasaron bosques, abrieron cráteres, contaminaron ríos, nadie los detiene.
Ratón, que preferiría que lo llamaran Camilo Salas y a su banda, los Libertadores del Sur, se financia extorsionando tanto a los mineros de oro, incluida la compañía china Promotora 74 –que, según cuentan lugareños, le pagan con cajas de Indugel–, como a ganaderos, comerciantes, transportistas o cocaleros. Los días cuatro de cada mes son sagrados para él. Están reservados para el cobro de vacunas. Sus hombres pasan a recogerla, ya sea alias la Hormiga y Chirrete en Buena Seña o alguno de otros lavaperros que le trabajan. “¿Cómo es posible? ¿Van a dejar a dos huevones de esos cobrando impuestos y no son capaces de capturarlos?”, se pregunta irritado un paisano.
La respuesta es la común en la Colombia de zona roja. Se trata de un lugar apartado, al que se accede cruzando el río Magdalena en el vetusto ferri de La Gloria, Cesar, y se sigue por caminos destapados, con insuficientes unidades del Ejército y la Policía, y nula presencia de otras entidades estatales. Mandan, por tanto, los grupos ilegales y rige la sempiterna ley del silencio: callar para seguir viviendo. Ratón dice garantizar el orden y la seguridad, y acostumbra a reunir a la población para amenazarla o aleccionarla, según el tema que le preocupe.
Al día siguiente de la captura de su hermano, alias Andrés, junto con dos de sus secuaces, en noviembre pasado, en un operativo del Ejército con la colaboración de lugareños, mandó congregar a los vecinos de Los Entables, otro de los caseríos mineros donde se esconde. Adultos y niños escucharon tanto sus críticas a los apresados por dejarse agarrar como la petición de que presionen a los militares para que abandonen el área y liberen a los detenidos.
“Ustedes todos me conocen”, explica en una explanada, alzando la voz, con tapabocas y vestido de civil. “A mí no me duele de pronto que los maten (a su hermano), sino la humillación. Yo se lo tengo dicho a todos ellos. ¿Para qué son las armas? Anoche es que tenían que utilizarlas. Tenían dos chalecos, unas buenas pistolas, con dos cajas de tiro cada uno y, entonces, ¿por qué no pelearon?”, se pregunta, molesto, porque los capturaron en su propio reino y por sorpresa, sin disparar un solo tiro. “Yo no echo culpa al pueblo, la culpa la tienen ellos mismos. Eso es lo que a mí más me duele, que un hombre supuestamente tan malo, tan loco (alias Andrés), y no fue capaz de matar a un hijueputa de esos”.
El sujeto camina frente a su audiencia mientras habla. Se le nota enfadado, inquieto. “Yo no tengo nada en contra del Gobierno, estoy haciendo el trabajo que le corresponde a ellos y lo hago mejor. Entonces, ¿por qué me quieren matar?”. Sus palabras, que SEMANA reproduce por la grabación de un asistente al encuentro, no tienen el eco que esperaba. El Ejército continúa en la zona, pisándole los talones, aunque no resulta fácil atraparlo, puesto que cuenta con ojos y oídos en todos los rincones, con frecuencia parientes regados por veredas y corregimientos que le avisan a tiempo de esquivar a los uniformados. Quizá por esa razón, aunque es analfabeta, recurrió a otra estrategia, asesorado por algún conocedor de leyes y de cómo aprovecharlas en su beneficio: acusar a quienes sabe que no le temen y lo denuncian.
Difundió la falsa acusación de que había paramilitares enfusilados y aliados con militares, en Finca Bonita, de producción ganadera, situada cerca de Buena Seña. Logró que algunas autoridades se tragaran el anzuelo a tal punto que en un consejo de seguridad, celebrado en Mompox, el alcalde de Norosí denunció el hecho. Pero Ratón y los vecinos de la finca saben que solo los soldados acampan en esa propiedad y protegen el área, y que es el Ejército el que anda buscando ‘ratones’ por sus madrigueras, máxime tras considerar a la banda un nuevo GAO. Pese a ello, la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría nacional han abierto investigaciones dando credibilidad a lo que Ratón aseguró en un panfleto que alguien le escribió, y el problema es que casi nadie en la región se atrevería a desmentirlo en público por temor a represalias.
Una de las razones para dar crédito a las difamaciones se basa en la alerta temprana que en mayo emitió la Defensoría por la confrontación entre Ratones y AGC. Reseñaban choques violentos que tuvieron lugar en diferentes caseríos, y referían, entre otros sucesos, a la “grave situación de riesgo que enfrentan los habitantes de Norosí por la disputa de las AGC y los Ratones por el control hegemónico sobre las economías ilegales”.
Lo cierto es que nunca consiguieron las AGC arrebatarles sus territorios y se retiraron a sus áreas de influencia, aunque están preparándose para volverlo a intentar. El desasosiego actual de Ratón es que perdió el apoyo que le brindaba buena parte de sus paisanos y siente que el Ejército le respira en la nuca, que cualquier día puede correr la misma suerte que su hermano.
Tanto es así que el 28 de noviembre distribuyó otro volante, que un asesor cercano al ELN debió redactar, firmado: “Montañas de Colombia. Comandante Carlos Salas” y encabezado por “Libertadores del Sur”. Uno de los párrafos rezaba: “No más allanamientos, no más capturas de personas inocentes, no más falsos positivos. Nosotros seguimos avanzando en nuestro pie de lucha”. Para añadir que “no tenemos nada contra el gobierno, simplemente estamos resguardando nuestros pueblos de grupos paramilitares”. Finalizaba alertando a la comunidad de que “en cualquier instante se viene un momento difícil, seguiremos avanzando en defender nuestros pueblos”.
Uno de los obstáculos para combatirlo, al margen de la escasez de recursos humanos y materiales para un territorio inhóspito y grande, es que la jurisdicción de Ratón se la reparten los Batallones Nariño, que tiene su sede en Malambo, Atlántico, y el Córdoba, que tiene la suya en Santa Marta. Las denuncias las llevan Fiscalías en Mompox, Barranquilla y Cartagena, a lo que cabría sumar la dificultad de los desplazamientos de funcionarios judiciales, tanto por la lejanía y las malas vías como la inseguridad, lo que requiere armar un potente esquema de protección.
Aunque en el corregimiento de Pueblito Mejía –principal bastión de Ratón en la actualidad– un nativo me dijo que están cansados de “vivir humillados”, la población es consciente de que el día que lo apresen o den de baja lo reemplazará otro criminal. La única esperanza es que sea un jefe asequible y razonable, que cobre vacunas pagables y no mate por matar. Lo que ven imposible, al menos en un futuro cercano, es que el Estado asuma sus funciones y se convierta en la única autoridad.

Fuente https://www.semana.com/nacion/articulo/alias-raton-el-terror-de-bolivar-fue-dado-de-baja-por-el-ejercito/202116/.

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